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Después de películas
como Estación Central, Abril Despedaçado y Diarios de Motocicleta, Agua
Turbia (Dark Water) no parecía un movimiento obvio en su carrera. ¿Por qué
hacer una película de género?
Cuando era niño viví varios años en un país
extranjero. Sufría de fiebre reumática y, por eso, no podía salir al frío.
Cerca al apartamento en que vivíamos, había un pequeño cine que sólo exhibía
sesiones dobles. Ese cine pasó a ser mi segunda casa, donde las historias en
el telón eran mucho más interesantes que el mundo de donde yo venía... Fue
donde tuve el privilegio de descubrir el Neo-realismo italiano, La Nouvelle
Vague francesa. Pero allí también eran exhibidos películas de género, y por
eso, aún bien temprano, tuve contacto con largometrajes como Curva del
Destino de Ulmer (Detour, 1946) y La Mujer Pantera, de Tourneur (Cat People,
1942). Fue durante aquellos años de formación que pasé a interesarme por
películas de género, principalmente aquellas que transcendían sus nichos
normales. El Film noir, por ejemplo, mostraba como la violencia es
constitutiva de la sociedad americana, él reflejaba mejor que muchas
películas “serias” las disfunciones de aquella sociedad. Las historias de
terror eran especialmente intrigantes, por la forma como lidiaban con el
miedo a lo desconocido y el miedo del otro. Solamente más tarde, cuando leí
una entrevista dada por Kubrick a Michel Ciment (de la revista francesa
Positif) sobre El Resplandor (The Shining, 1980), entendí racionalmente lo
que estaba en juego en esas historias. En la entrevista, Kubrick decía: “El
atractivo inconsciente del género está en el hecho de que él discute la
cuestión de la inmortalidad. Si tememos los fantasmas, entonces aceptamos la
posibilidad de haber algo más que el olvido aguardando más allá del túmulo.”
Pero la fuente de inspiración de Agua Turbia es más específica. Su raiz está
en la tradición de las historias de fantasma japonesas, que en el cine
aparece en películas como Kaidan, de Masaki Kobayashi (Kwaidan, 1964) y en
otras tantas películas recientes, como las de Kiyoshi Kurosawa y Hideo
Nakata. ¿Cómo usted estableció contacto con lo sobrenatural japonés y qué es
lo que hay de más atrayente en él?
Cuando comencé a dirigir documentales, hice una serie
de cinco horas sobre el conflicto entre modernidad y tradición en Japón.
Para entender una cultura tan distante de la mía, estudié durante varios
meses la literatura, el cine y el teatro japonés. Ver películas como Cuentos
de la Luna pálida de agosto, de Mizoguchi (Ugetsu Monogatari, 1953) o leer
un autor como Kawabata me revelaron en que medida la cuestión de la vida
después de la muerte está presente en la cultura japonesa. Esa tradición se
continua hoy en películas como “After Life”, de Kore Eda, por ejemplo.
Curiosamente, esa relación entre el mundo de los vivos y de los muertos
también está presente en otras culturas. En Brasil, por ejemplo, esa
coexistencia se manifiesta en los cultos religiosos africanos. Pero también
hay otro aspecto. Siempre sentí atracción por lo desconocido. Creo que todos
nos encontramos en la misma posición: la de estar en un mundo que no podemos
decodificar completamente – y esas cosas que no podemos explicar o
solucionar son temas atrayentes. Lo que había de interesante en el guión de
Agua Turbia, escrito por Rafael Yglesias, es que él hablaba de los demonios
internos que cargamos con nosotros, de aquello que no queremos ver pero
tampoco podemos olvidar, y también de la cuestión de la soledad urbana. Todo
eso para decir que, cuando leí el guión de Agua Turbia, su esencia temática
estaba más próxima de lo que inicialmente puede parecer.
¿Cuál fue el elemento decisivo para que usted aceptara dirigir el guión de
Agua Turbia?
Al principio, leí el guión porque había sido escrito
por Rafael Yglesias, un autor que conozco personalmente desde hace algunos
años. Además de ser un novelista talentoso, Rafael escribió dos películas
que me gustan: La Muerte y La Doncella, de Roman Polanski (Death and the
Maiden, 1994), adaptado de la pieza de Ariel Dorfman, y Sin Miedo a la Vida,
de Peter Weir (Fearless, 1993), que él adaptó a partir de su propia novela.
El guión presentaba enfoques interesantes. Para comenzar, no parecía una
historia de terror, sino de suspenso sicológico. Las películas en las cuales
lo que se siente es más importante que lo que se oye o lo que se ve son
potencialmente interesantes. Eso estaba presente en el guión de Yglesias. El
núcleo central giraba alrededor de la relación entre madre e hija, un tema
que me ha interesado desde Estación Central. Pero también hablaba de los
fantasmas que cargamos dentro de nosotros, aquellos que habitan nuestro
pasado; del abandono y de la soledad urbana, y, por último, había algo que
raramente se ve en una historia como esta: no había sangre.
Hay otro elemento que une Agua Turbia a por lo menos dos de sus otras
películas: los personajes niños.
Cada uno de los personajes en Agua Turbia tiene
barreras sicológicas que los inmobilizan – todos, excepto Ceci. Los niños no
tienen noción de límite, no hay ninguna imposición social que ya se haya
cristalizado. Por eso, ellos aceptan mucho más fácilmente aquello que nos
parece incongruente, son mucho más libres que el adulto común. Por otro
lado, los niños parecen tener un sentido innato de justicia, de lo que es
correcto y de lo que es erróneo. La niña es el eje moral de esta historia.
Ella acepta cosas que nadie más acepta. Y ve cosas que nadie más ve...
Agua Turbia reune un equipo de actores impresionante...
Sí, la mayoría venidos del cine independiente.
Jennifer Connelly, una actriz de mucho talento, inteligencia y sensibilidad,
una de las personas más dedicadas con que ya trabajé. Tim roth, el camaleón
por excelencia, a quien admiro no sólo como actor sino también como
director. John C. Reilly, un improvisador extraordinario, un actor que puede
reinterpretar un monólogo cuantas veces se quiera, siempre de forma
interesante. Pete Postlethwaite, un actor shakesperiano, de gran fuerza e
integridad.
Sus colaboradores del equipo técnico también forman un grupo de peso.
El director de fotografía Affonso Beato, con quien
trabajé diversas veces en documentales (como “Caetano 50 anos”), fue
esencial en la composición del lenguaje visual de la película. Para que el
elemento sobrenatural en la película fuera aceptado, tendría que ser algo
realista desde el inicio, y Affonso me ayudó a construir esa atmósfera. Como
enseña el maestro Kubrick, el misterio es todavía más perturbador cuando
sucede en un ambiente que parece totalmente común. Entonces, establecimos la
realidad de la vida de Dahlia y Ceci y nos fuimos alejando suavemente de
ella. Fue un gran placer trabajar de nuevo con Affonso. Thérèse DePrez,
directora de arte cuyo trabajo me había llamado la atención en películas
independientes norteamericanas, consiguió milagrosamente recrear la realidad
de Roosevelt Island, Nueva York, en... Toronto. El editor Daniel Rezende,
que hizo el montaje de Diarios de Motocicleta y Ciudad de Dios, es más que
un amigo y colaborador de confianza – es brillante en la isla de la edición,
un verdadero crac, y está siempre salvándome. El compositor Angelo
Badalamenti es uno de mis héroes fílmicos hace años, y trabajar con un
hombre de tanta generosidad fue un regalo.
Es bueno usted haber mencionado Roosevelt Island. Nueva York es una de las
ciudades más famosas del mundo, pero raramente se ve Roosevelt Island en el
cine. Pero en Agua Turbia, esa locación tiene importancia central, ¿no?
De hecho, Roosevelt Island es uno de los personajes
centrales en Agua Turbia. Este pequeño pedazo de tierra está a apenas un
viaje de tranvía de uno de los lugares más caros del mundo – Manhattan. Sin
embargo, es habitado por emigrantes de todos los tipos, y también por
pacientes del hospital que queda en la isla. Generalmente solitarios,
ancianos – los desheredados de la ciudad. De una forma extraña, me hizo
recordar Infierno de Odio, de Akira Kurosawa. El tener y el no tener, frente
a frente. Apenas el agua turbia de un río los separa. En la entrevista que
mencioné antes, Kubrick también decía que, cuando una historia tiene
elementos sobrenaturales, ella debe ser pautada de la forma más realista:
“Los Fantasmas sólo son etéreos y transparentes en las películas. De fuentes
mas convincentes, yo he leído sobre personas que alegan haber visto
fantasmas, que son descritos, invariablemente, siendo tan palpables y reales
como las personas en la calle”. En Agua Turbia intentamos inserir,
colectivamente, los personajes en una geografía humana y física que fuera lo
más real posible. Quedé impresionado con la geografía singular de Roosevelt
Island. Hay un sentido de repetición, espacios industriales que enfatizan un
tipo de pérdida de identidad. Desde el momento que llegué, comencé a
entender la correlación entre la geografía de la isla y la estética de la
película.
Usted filmó en estudio por la primera vez en Agua Turbia. ¿Cómo fue la
experiencia?
Bien... definitivamente no es mi elemento, pero tanto
Affonso como Thérèse me ayudaron a vencer la sensación de desagrado que
siento filmando lejos de la calle. Sin ellos y sin Daniel Rezende, yo no
hubiera conseguido llegar probablemente al final de la experiencia. Por otro
lado, nadar contra la corriente por el tiempo de una película fue
interesante e instructivo. Sintomáticamente, me dio fuerzas y más deseos
todavía de profundizar en la dirección de un cine independiente, que te
concierna y pueda ser reinventado a medida que se avanza.
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