Ética y lealtad en los filmes

de Kenji Mizoguchi

 

             Demostrando un vasto poderío visual y un certero conocimiento de la dinámica sociocultural de su país, el realizador Kenji Mizoguchi ha sentenciado cuán perverso puede ser el sistema en función de los códigos de honor que han regido desde tiempos inmemoriales como la columna vertebral de su gente y su tierra.

              Su cine se convierte en el instrumento de denuncia más eficaz en un siglo donde el hombre ha perdido sus vínculos inmediatos y obra pensando más en su seguridad personal que en su consolidación moral.

              Este sujeto dislocado, sometido a las leyes de oferta y demanda, envilecido en aras del poder personal que le puede acarrear su profesión o su oficio, le ha servido a Mizoguchi para planear el andamiaje narrativo de su temática directa y cruda en la cual la mujer paga a menudo el precio por no pactar con el medio circundante.

               En “Elegía de Osaka” (1936), el descenso al abismo de Ayako para evitar la desintegración familiar en un ejemplo claro de como un individuo puede corromperse materialmente y aún así mantenerse íntegro en relación con sus convicciones filiales. Sometida a la arbitrariedad de su padre que sólo posee deudas y a la falta de escrúpulos de su jefe Asai, Ayako elige mancillar su cuerpo para salvaguardar su responsabilidad como hija. Así los personajes femeninos de Mizoguchi son las víctimas de un orden patriarcal que en el patrón denominador de sus vidas dictaminando lo bueno y lo malo de sus conductas en el terreno social sin tener en cuenta el rescate de los códigos ancestrales que practican. Se vuelven , en consecuencia, “marginados” respecto del espacio que no las contiene, que elige desplazarlas sin miramientos.

             Tanto en “Hermanas de Gión” (1936) como en “Una Geisha” (1953), surge la necesidad de crear un lugar propio donde poder rebelarse aún si ello no es reconocido o si es vilipendiado. Ser “Geisha” implica por un lado la humillación de ser un ciudadano de segunda pero por el otro, tener la posibilidad de idear un refugio reflexivo donde auto examinarse y establecer las propias reglas de juego. En “Hermanas de Gión” Omocha desafía a Umekichi a subvertir el canon de comportamiento de una geisha con el fin de obtener cierta cuota de libertad de expresión en un oficio cuyo lema es “complacer y servir” antes que “pensar y actuar”. Omocha opta por lo fatídico, manejando a su antojo a Furusawa y Jurakudo (clientes de la casa de té) con la presunción de que sobrevivir es vencer al orden. En “Una geisha” Miyoharu también se vuelve contra su esquema de vida eligiendo doblegarse carnalmente para que no sucumba su protegida Miyoé. En los filmes de Mizoguchi existe, por cierto, una zona intangible que les pertenece únicamente a aquellos para quienes los sentimientos cuentan antes que la falsa atracción brindada por un mejor nivel de vida. Mizoguchi elige “iluminar a los vencidos, a los descarriados porque en definitiva ellos son la simiente de la verdad".

 

“Hermanas de Gión”

 

 

 

             Un eje vertebrador de los relatos de este director es el “sacrificio” silente de sus personajes lo que implica un reconocimiento “no oficial” ya que éstos proponen inmolarse en el anonimato. En “La historia del último crisantemo” (1939), Otoku se anula socialmente para que su amado Kikunosuke triunfe como actor de “kabuki”. En “Princesa...” , Yuan toma una nueva identidad y borra todo su pasado para asistir a su clase y en definitiva, a su emperador. En “Amantes crucificados” (1954), Mohei  (el sirviente) y Osan (la señora) vacían de contenido sus roles sociales para defender su amor frente a la hipocresía de su entorno mientras que en “Calle de la vergüenza” (1956) es la alienación final de Ymeko la que se resguarda de un presente ruin el cual, al fin al cabo, le dio la posibilidad de educar a su único hijo “Kayo”.

              Mizoguchi ha sabido manejar hábilmente  este desplazamiento del “Yo” donde “despersonalizarse” dista mucho de ser una condena, donde “rebelarse” es virtuoso (el personaje de la prostituta Mickey en “Calle de la vergüenza” alcanza una dimensión humana superior a la de su padre) y donde morir por alguien es al menos concretar metas (en “Sansho, el gobernador” el personaje femenino permite que su hermano “Zushio” viva).

               

 

 

"Calle de la vergüenza” “Sansho el gobernador”

               

 

                Como corolario final basta citar una de las sentencias más logradas en la filmografía de este maestro japonés:

               “La misericordia es la que permite distinguir a los hombres de las bestias salvajes”.

 

 SILVIA G. ROMERO

 silviag@email.com

 

 

 

 

 

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