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De la amplia gama de realizadores orientales dedicados al cine de acción,
muy pocos han sabido captar con precisión las reglas de juego de los bajos
fondos vernáculos como Kinji Fukasaku. Con una vasta filmografía en su
haber, su nombre es aún ignorado en nuestro país de no ser por el estreno
comercial de la lograda "Batalla real", la cual una vez estrenada apenas
sobrevivió en cartel en el circuito de cines locales.
Este simple dato anecdótico permite dar una idea de cómo la falta de
aceptación de sus producciones, brutales y exasperantes para el gran
público, afectó el conocimiento de un auténtico maestro del underground
japonés. Testigo de los profundos cambios originados en su pais, motivados
por la guerra y sus consecuencias económicas, Fukasaku concentró sus
esfuerzos creativos en el examen minucioso de los ciudadanos olvidados por
el sistema. Sus personajes, parias sociales librados al arbitrio de sus
actos, se mueven en función del factor Dinero, Santo Grial de los perdedores
y motivo de emancipación personal en sintonía con la creciente
industrialización de los años '60. Lejos de moralizar y compadecerse por el
accionar de sus terribles criaturas, el director eligió retratar, sin
términos medios, las vilezas del accionar 'yacuza', su afán territorial y su
sistema de castas, comportamientos que dejan al descubierto lo que sucede en
Japón a nivel generalizado. Un punto de inflexión en el desarrollo
argumental de sus historias gira en torno a la figura del 'proscripto'. En
algunos de sus tempranos trabajos, el 'fuera de la ley' adquiere uns
superioridad inusitada con respecto a sus compañeros de andanzas y un aire
hostil producto del desapego natural al ambiente gansteril. La
problematización de la urbe, vista como una hoguera de vanidades de lúmpenes
y truhanes, contribuye a moldear un tipo de marginal casi siempre taciturno
y de temperamento visceral, similar a ciertos outsiders del policial negro
francés y de los thrillers de Corman (léase "Ametralladora Kelly" o "La
masacre de San Valentín"), los cuales pueden ser un instrumento de
orientación válido a la hora de analizar el perfil delictivo de sus
irascibles maleantes. Una de las características más sobresalientes que
presentan estos sicarios es su capacidad de reacción ante la adversidad
eligiendo como salida favorita la autoinmolación sin que medie objetivo
alguno. En este sentido, el director siembra, siempre, pistas falsas
valiéndose de composiciones de cuadro donde reinan la confusión, el desorden
y la ausencia de arquetipos identificables. Los bandos rivales apenas se
distinguen ya sea por la falta de cohesión entre sus miembros o por el
eclipsamiento de la idea de 'clan'. Esta crítica velada al oscurantismo de
una época donde Japón se erige como una nación dislocada impone,
necesariamente, un sujeto sin identidad ni destino, librado a la buena de
Dios. Recordemos que tras la penetración americana, la figura orientativa y
rectora del Emperador ingresa en un cono de sombras. Cuando en otras
visiones cinematográficas los códigos de hermandad se respetan, aquí, los
actos de arrojo y entrega grupal carecen de significado. La trampa
predilecta de Fukasaku consiste en hacerle creer al espectador que un
individuo da la vida por otro cuando en realidad ambos responden por
instinto a lo que son: un mismo tumor en el tejido social. Cada uno de los
personajes es un espejo en sí que refleja a menudo la falta de virtuosismo
del otro. No es de extrañar que este 'descastado urbano', por completo
amoral y renuente a cualquier tipo de sentimentalismo, se convierta en el
eje constitutivo de los primeros films del director. En "Simpatía por los
perdedores"; "Mafioso callejero" y la multipremiada "Batallas sin honor ni
humanidad", la atmósfera de sordidez y perdición que imponen las calles de
la ciudad guarda una estrecha relación con las miserias de los seres que las
pueblan, a menudo matones de poca monta sin techo ni ley. Sin un espacio
seguro de contención familiar al que llamar hogar, el único territorio
reconocible es la cárcel o una porción del mercado negro. En "Simpatía por
los perdedores", Koji Tsuruta sale de prisión y elucubra un ambicioso plan
para instalarse como amo y señor en Okinawa. Lo mismo sucede en "Mafioso
callejero"; en "Batallas..." y en "Policía contra el crimen organizado"
donde existe un fuerte nexo umbilical entre el mundo de los correccionales y
el control de los suburbios. Otro ejercicio de estilo utilizado por Fukasaku
se relaciona con la impronta cosmopolita de sus delirantes criaturas, signo
de desnaturalización social tras la irrupción yanqui. Este recurso, hoy muy
empleado por Takashi Miike aunque con otros fines creativos, constituye toda
una novedad en el panorama del cine oriental clásico, más concentrado en el
manejo de historias ligadas a la tradición popular. Dos films claves para el
análisis del origen espúreo de los personajes son "Codicia a la luz del día"
y "Cementerio yakuza" donde la irrupción de un sinfín de etnias y costumbres
poco ortodoxas denuncian un mundo en crisis. Féminas occidentales,
afroamericanos y líderes coreanos son el muestrario efectivo y decadente de
lo que hoy conocemos como 'globalización' pero, en este caso, es con sabor
retroactivo. Si bien el director ha querido diferenciarse de sus pares en la
construcción de un lenguaje personal, su interés por las zonas periféricas y
el campesinado lo acercan sensiblemente a otro maestro de los tragos amargos
como Shoei Imamura. En uno y otro, se plantea como interrogante la idea de
que cierta inocencia perdida podría recuperarse 'lejos del mundanal ruido'.
Los
seres más ultrajados en cuanto a sus anhelos y aspiraciones son por lo
general las llamadas 'muchachas de provincia', blancos predilectos de la
voracidad urbana. Así, la prostituta de "Mafioso callejero"; las disidentes
de "Samurai del Shogún" y la estrella en decadencia de "El caído" son, por
sobre todas las cosas, variables que se repiten en mayor o menos grado a lo
largo de la extensa filmografía de Fukasaku para concluir que nada positivo
puede hallarse en los bulevares citadinos.
Silvia G Romero
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